domingo, 31 de octubre de 2010

MENSAJE DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI



Al Venerado Hermano
Card. Angelo Bagnasco,
Presidente de la Conferencia Episcopal Italiana


El primer pensamiento, al dirigirme a Usted y a los Congresistas reunidos en Reggio Calabria con ocasión de la celebración de la 46ª Semana Social de los Católicos Italianos, es de profunda gratitud por la contribución de reflexiones y de participación que, en nombre de la Iglesia en Italia, queréis ofrecer al país.
Dicha aportación es aún más preciosa gracias al amplio recorrido preparatorio, que en los últimos dos años ha implicado a diócesis, agregaciones eclesiales y centros académicos: las iniciativas realizadas de cara a esta cita ponen de manifiesto la difundida disponibilidad dentro de las comunidades cristianas a reconocerse “católicas en la Italia de hoy”, cultivando el objetivo de “una agenda de esperanza para el futuro del país”, como recita el tema de la presente Semana Social.
Todo esto asume una relevancia más significativa en la coyuntura socio-económica que estamos atravesando. A nivel nacional, la consecuencia más evidente de la reciente crisis financiera global esta en la propagación del paro y de la precariedad, que a menudo impide a los jóvenes – especialmente en las áreas del Mezzogiorno – arraigarse en su propio territorio, como protagonistas del desarrollo. Para todos, en cualquier caso, estas dificultades constituyen un obstáculo en el camino de la realización de los propios ideales de vida, favoreciendo la tentación del replegamiento y de la desorientación. Fácilmente la desconfianza se transforma en resignación, sospecha, desafecto y falta de compromiso, a costa de la inversión legítima en el futuro.
Bien mirado, el problema no es solamente económico, sino sobre todo cultural y se manifiesta en particular en la crisis demográfica, en la dificultad de valorar plenamente el rol de las mujeres, en la dificultad de tantos adultos de concebirse y ponerse como educadores. Con mayor razón, es necesario reconocer y sostener con fuerza y con los hechos la insustituible función social de la familia, corazón de la vida afectiva y relacional, además de lugar en el que mejor que ningún otro se asegura la ayuda, cuidado, solidaridad, capacidad de transmisión del patrimonio de valores a las nuevas generaciones. Es por ello necesario que todos los sujetos institucionales y sociales se comprometan a asegurar a la familia medidas eficaces de apoyo, dotándola de recursos adecuados y permitiendo una justa conciliación con los tiempos del trabajo.
No falta ciertamente a los católicos la conciencia del hecho de que tales expectativas deben ponerse hoy dentro de las complejas y delicadas transformaciones que interesan a toda la humanidad. Como escribí en la Encíclica Caritas in veritate, “El riesgo de nuestro tiempo es que la interdependencia de hecho entre los hombres y los pueblos no se corresponda con la interacción ética de la conciencia y el intelecto” (n. 9). Esto exige “una clara visión de todos los aspectos económicos, sociales, culturales y espirituales” (ibidem, n. 31) del desarrollo.
Afrontar los problemas actuales, tutelando al mismo tiempo la vida humana desde su concepción hasta su fin natural, defendiendo la dignidad de la persona, salvaguardando el medio ambiente y promoviendo la paz, no es tarea fácil, pero tampoco imposible, si permanece firme la confianza en las capacidades del hombre, se engrandece el concepto de razón y de su uso, y cada uno se asume sus propias responsabilidades. Sería, de hecho, ilusorio delegar la búsqueda de soluciones sólo a las autoridades públicas: los sujetos políticos, el mundo de la empresa, las organizaciones sindicales, los operadores sociales y todos los ciudadanos en cuanto individuos y de forma asociada, están llamados a madurar una fuerte capacidad de análisis, de amplitud de miras y de participación.
Moverse según una perspectiva de responsabilidad comporta la disponibilidad de salir de la búsqueda del propio interés exclusivo, para perseguir juntos el bien del país y de toda la familia humana. La Iglesia, cuando recuerda el horizonte del bien común – categoría fundamental de su doctrina social – pretende referirse al “bien de ese nosotros todos”, que “no se busca por sí mismo, sino para las personas que forman parte de la comunidad social y que solo en ella pueden real y más eficazmente conseguir su bien” (ibidem, n. 7). En otras palabras, el bien común es lo que construye y califica a la ciudad de los hombres, el criterio fundamental de la vida social y política, el fin del actuar humano y del progreso; es “exigencia de justicia y de caridad” (ibidem), promoción del respeto de los derechos de los individuos y de los pueblos, además de relaciones caracterizadas por la lógica del don. Este encuentra en los valores del cristianismo el “elemento no solo útil, sino indispensable para la construcción de una buena sociedad y de un verdadero desarrollo humano integral” (ibidem, n. 4).
Por esta razón renuevo el llamamiento para que surja una nueva generación de católicos, personas interiormente renovadas que se comprometan en la actividad política sin complejos de inferioridad. Esta presencia, ciertamente, no se improvisa; es, más bien, el objetivo al que debe tender un camino de formación intelectual y moral que, partiendo de las grandes verdades en torno a Dios, al hombre y al mundo, ofrezca criterios de juicio y principios éticos para interpretar el bien de todos y de cada uno. Para la Iglesia en Italia, que oportunamente ha asumido el desafío educativo como prioritario en la presente década, se trata de empeñarse en la formación de conciencias cristianas maduras, es decir, ajenas al egoísmo, a la codicia de los bienes y al ansia de carrera y, en cambio, coherentes con la fe profesada, conocedoras de las dinámicas culturales y sociales de este tiempo y capaces de asumir responsabilidades públicas con competencia profesional y espíritu de servicio. El compromiso socio político, con los recursos espirituales y las actitudes que requiere, es una vocación alta, a la que la Iglesia invita a responder con humildad y determinación.
La Semana Social que estáis celebrando pretende proponer “una agenda de esperanza para el futuro del país”. Se trata, indudablemente, de un método de trabajo innovador, que asume como punto de partida las experiencias actuales, para reconocer y valorar las potencialidades culturales, espirituales y morales inscritas en nuestro tiempo, tan complejo. Uno de vuestros ámbitos de profundización se refiere al fenómeno migratorio y, en particular, a la búsqueda de estrategias y de reglas que favorezcan la inclusión de las nuevas presencias. Es significativo que, hace exactamente cincuenta años y en la misma ciudad, se dedicara una Semana Social enteramente al tema de las migraciones, especialmente a las que entonces tenían lugar dentro del país. En nuestros días el fenómeno ha asumido proporciones imponentes: superada la fase de la emergencia, en la que la Iglesia se ha empeñado con generosidad para la primera acogida, es necesario pasar a una segunda fase, que muestre, en el pleno respeto de la legalidad, los términos de la integración.
A los creyentes, como también a todos los hombres de buena voluntad, se les pide hacer todo lo posible para denunciar esas situaciones de injusticia, de miseria y de conflicto que obligan a tantos hombres a emprender el camino del éxodo, promoviendo al mismo tiempo las condiciones de una inserción en nuestras tierras de cuantos quieren, con su trabajo y el patrimonio de su tradición, contribuir a la construcción de una sociedad mejor que la que dejaron. Al reconocer el protagonismo de los inmigrantes, nos sentimos llamados a presentarles el Evangelio, anuncio de salvación y de vida plena para cada hombre y cada mujer.
Por lo demás, la esperanza con la que queréis construir el futuro del país no se resuelve en la aun legítima aspiración a un futuro mejor. Nace, más bien, de la convicción de que la historia está guiada por la Providencia divina y tiende a un alba que trasciende los horizontes del obrar humano, Esta “esperanza digna de confianza” tiene el rostro de Cristo: en el Verbo de Dios hecho hombre cada uno de nosotros encuentra el valor del testimonio y la abnegación en el servicio. No falta, ciertamente, en la maravillosa estela de luz que distingue la experiencia de fe del pueblo italiano, la huella gloriosa de tantos santos y santas – sacerdotes, consagrados y laicos – que se consumieron por el bien de los hermanos y que se comprometieron en el campo social para promover condiciones más justas y equitativas para todos, en primer lugar para los pobres.
En esta perspectiva, mientras auguro provechosos días de trabajo y de encuentro, os animo a sentiros a la altura del desafío que se os ha puesto delante: la Iglesia católica tiene una herencia de valores que no son cosa del pasado, sino que constituyen una realidad muy viva y actual, capaz de ofrecer una orientación creativa para el futuro de una Nación.
En la vigilia del 150° aniversario de la Unidad nacional, que desde Reggio Calabria pueda surgir un sentir común, fruto de una interpretación creyente de la situación del país; una sabiduría propositiva, que sea el resultado de un discernimiento cultural y ético, condición constitutiva, de las elecciones políticas y económicas. De ello depende el relanzamiento del dinamismo civil, para el futuro que sea – para todos – en línea con el bien común.
A los participantes en la 46ª Semana Social de los Católicos Italianos deseo asegurar mi recuerdo en la oración, que acompaño con una especial Bendición Apostólica.
En el Vaticano, 12 octubre 2010

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