martes, 6 de junio de 2017

Un nuevo dios.


Por Juan Manuel De Prada
 Con el propósito de evitar que la verdad de las cosas fuese monopolizada por los poderosos nació la prensa.
Luego se iría descubriendo que, tras esta fachada tan reluciente, se escondían sórdidos equilibrismos, manipulaciones interesadas e intereses espurios de naturaleza ideológica o -todavía peor- descarnadamente mercantil que nada tenían que ver con la búsqueda de la verdad (sino que más bien son su ocultación). Tal vez cuando, hace ya más de un siglo, Zola vindicaba la inocencia de Dreyfuss, la búsqueda de la verdad aún era la aspiración primordial del periodismo menos degenerado; sospecho que hoy ya no podríamos afirmar siempre lo mismo. Parafraseando sarcásticamente a Campoamor, diríamos que, si en este mundo traidor nada es verdad ni mentira, tampoco lo es el color del cristal con que se mira. La prensa, allá en sus albores, prometió dotarnos un cristal transparente; dos siglos y pico más tarde, hemos podido comprobar que ese cristal era más bien esmerilado y deformante.
Y, justo cuando la prensa parecía haber perdido su prestigio originario, surgió interné con una promesa renovada de transparencia y un ideario programático que podría resumirse en estas dos cláusulas. información para todos e información sobre todos. Las masas a las que tradicionalmente se asignaba un papel pasivo, como de bestias que abrevan noticias, se convirtieron de repente en los protagonistas de un nuevo periodismo que prometía ser, ante todo, un cauce para la expresión de sus inquietudes. En realidad, se trataba de la misma premisa sobre la que se asentaban programas como Gran Hermano y otros bodrios sucedáneos, cuyo éxito no podría entenderse sin ese anhelo de protagonismo de unas masas rabiosas de anonimato y resignadas a un destino subalterno, que, de repente, en un rapto de arrogancia, creen que su vulgaridad también puede ser glosada, encumbrada y admirada. Existencias anodinas e irrelevantes adquirieron súbitamente un interés periodístico de primera magnitud. Era la rebelión de las masas avizorada por Ortega en su versión más desquiciada y paródica; pues las masas ya no se avergonzaban de su vulgaridad, sino que se regodeaban en ella, se reafirmaban en ella, se contemplaban de forma narcisista en ella; y así creían conquistar un estrellato que durante mucho tiempo se les había negado.
Interné ha sido entronizado, en apenas un par de décadas, como el paraíso democrático donde esas masas pueden expresar sin complejos sus anhelos y preocupaciones, frente a unas élites que durante siglos las habían empujado a la irrelevancia. Nunca un artilugio técnico había promovido tantas efusiones retóricas, tantos derramamientos hiperbólicos, tantos fervores palurdos. No deja de resultar llamativo que desde el principio el invento se diese en escribir con mayúscula y sin artículo: Internet. Un honor que, hasta entonces, se habían reservado a Dios (aunque, por supuesto, no falten quienes escriben con petulancia ‘dios’ y, a continuación, con arrobo y servilismo, ‘Internet’). La idolatría desatada por el nuevo invento se manifestó pronto en una transformación abusiva de nuestros hábitos, en una auténtica reordenación de nuestra existencia. Mientras vomitábamos nuestra rabia en tal o cual foro (amparados, por supuesto, por el anonimato), mientras retuiteábamos perogrulladas, mientras guasapeábamos compulsivamente nos creíamos por primera vez dueños de nuestro destino, protagonistas de una revolución que al fin había alcanzado aquel anhelo de verdad que la prensa había traicionado.
Nada, por supuesto, que ver con la realidad. Bajo una falsa apariencia de transparencia e inmediatez, interné se ha convertido en la jaula dorada donde los dueños del cotarro apacientan a unas masas cada vez más gregarias, cada vez más fanatizadas, cada vez más primarias, cada vez más endogámicas, alimentándolas con la carnaza que las apacigua o exalta, divierte o encabrona, según lo que en cada momento convenga. Antaño, uno al menos contemplaba las mentiras que le contaban con una cierta perspectiva; y, si no se chupaba el dedo, podía distinguir el cristal deformante o esmerilado. Hoy ese cristal se ha convertido en la burbuja dentro de la cual vivimos,  la burbuja por la que deambulamos circularmente, alienados ya para siempre, refocilándonos en un estercolero de bajas pasiones.
Nunca la información había sido tan monopolizada por los poderosos como en nuestra época; pero, entretanto, disfrutamos como enanos en nuestra jaula dorada de los beneficios de la endogamia y la vulgaridad, y adoramos a nuestro dios.


http://www.xlsemanal.com (23/5/17)

Prensa Republicana (6/6/17)

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